Ya no es querer llenar el día con cosas que hacer
Hay días —como hoy— en los que no aparece la lista.
No porque falten responsabilidades, sino porque algo adentro cambió.
Durante años, llenar el día fue una forma de sostenerme.
Hacer me daba dirección, estructura, sentido.
Y también me ayudaba a no sentir el cansancio profundo, las preguntas incómodas, los cierres que todavía no tenían nombre.
Hoy ya no.
Hoy no siento el impulso de llenar el día, sino de habitarlo.
Y eso, aunque suene simple, es un cambio enorme.
Cuando el hacer deja de ser refugio
Llega un momento —casi sin avisar— en el que el cuerpo empieza a pedir otra cosa.
Más lento. Más suave. Más verdadero.
No es desgano.
No es falta de ambición.
Es integración.
Cerrar etapas, cambiar de identidad, sostener a otros durante mucho tiempo… todo eso se procesa también en silencio.
Aunque no estemos “pensándolo”, el sistema sigue acomodando.
Por eso, a veces, no saber qué hacer en el día no es confusión.
Es señal de que ya no queremos vivir en automático.
El vacío que no es vacío
Cuando dejamos de llenar el día, aparece una incomodidad nueva:
¿Y ahora qué hago conmigo?
Ese espacio puede asustar.
Porque no tiene métricas.
No produce resultados visibles.
No se puede explicar fácilmente.
Pero ese espacio no está vacío.
Está lleno de señales sutiles:
cansancio que pide descanso real
emociones que quieren ser sentidas sin apuro
una identidad que se está reordenando
Hoy el día no se llena
Hoy el día no necesita rendimiento.
Necesita presencia.
No necesito saber qué quiero hacer con todo el año.
Apenas necesito estar disponible para este momento.
Tal vez hoy el tiempo se vaya en:
regularme
estar con mis hijos sin agenda
escuchar el cuerpo
no decidir
Y eso no es perder el tiempo.
Es cambiar de ritmo.
Un permiso necesario
Hoy me permito no llenar el día.
Me permito sostenerlo.
Porque hay días que no vienen a empujarnos hacia adelante,
sino a devolvernos a nosotras.
Y también eso es crecimiento.